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Doble poder

Una corriente de datos se transmitió del D-Mobi a un punto inespecífico, era como atravesar un extraño túnel. Filamentos digitales se desplegaban en extensiones de bits mientras recorrían el trayecto sin fin aparente. El cuerpo de Takeshi se reconstruyó mientras recorría la ruta, a excepción de ser translúcido.

Durante el viaje se apreciaban diferentes paneles en el túnel y tenían varios recuerdos de Takeshi en sus 10 años recién cumplidos; unos de los paneles tenían siluetas negras, lo que inquietó al joven, ninguna parecía tener significado o algo parecido. Mientras tanto, las filas de bits arribaron a una especie de cuello de botella en la que Takeshi se detuvo por sí solo. Una enorme ventana hexagonal se desplegó frente a él, mostrándole el emblema de su teléfono; luego, un espectro vocal apareció sobre éste. La voz electrónica del “recinto” tomó al chico por sorpresa.

—“Su primer nivel de entrenamiento comenzará pronto. Tome su D-Mobi y apúntelo a esta pantalla, será redirigido al campo de entrenamiento; allí deberá seguir las instrucciones correspondientes para cumplir su misión con éxito” —mencionó el espectro. Takeshi siguió los primeros pasos, entonces una carga de digicode cruzó el lente de la cámara trasera del D-Mobi y descargó los datos de Nanokorimon a su lado. Ambos se miraron.

— ¡Nanokorimon, creí que te había perdido! ¿Estás bien, amigo? Por poco pensé que te habías ido para siempre… ¿Puedes decirme dónde estamos? —preocupado, Takeshi abrazaba al digimon.

—Tranquilo, estoy bien… no te iba a dejar solo. Bien, parece que vamos al Digimundo, esta es la vía que nos llevará a mi hogar. ¿Estás listo? No será fácil, así que debes estar dispuesto para afrontar el entrenamiento —dijo Nanokorimon, advirtiendo lo que les esperaba.

Acto seguido, la pantalla del paradero se dividió en tres, dejándoles avanzar. Al atravesarla, Takeshi recobró por completo su integridad, sólo que ya no era de carne y hueso sino una base de datos, como si se tratara de un digimon.

No tardaron en llegar al final del camino, donde se abrió un último portal. Nanokorimon reconocía perfectamente el paraje al que habían llegado: había paisajes que parecían desolados, con extensos mantos de nieve y troncos deshojados; flores que adornaban pocas partes del campo, y un cielo de mitad oscura y mitad clara, como si estuviese dividido; un punto en el firmamento, que lucía como un sol, brillaba tenuemente entre el cielo semidespejado. A un costado de Takeshi se alzaban cerros y montes que enmarcaban la zona, semicubiertos de nieve. El digimon se alegró al llegar.

—Tak, este es el inicio del Sector 11 del Digimundo. El camino que nos llevará hacia mi hogar. ¿Qué te parece?

El chico no respondía a ninguna pregunta, estaba atónito al explorar el Digimundo. No se imaginaba lo parecido que podía ser con la Tierra, sin olvidar que era un lugar único. Como sea, Nanokorimon no obtuvo respuesta a su pregunta y desenvainó su espada de madera, golpeando a Tak en la cabeza.

— ¡Oye, tarado! —reaccionó—. Esa espada golpea fuerte… No vuelvas a hacer eso, Nano… quiero llegar a casa en perfectas condiciones —Takeshi se frotaba el chichón que sobresalió ligeramente en su cabeza—. Debería hacerte lo mismo, a ver si te gusta, pero hay mejores cosas que hacer. Y bien, ¿a dónde iremos, guía turístico?

Nanokorimon emprendió el viaje sin musitarle nada a Takeshi, encaminándose por un sendero cercado por troncos recién talados y árboles marchitos. Tak observaba el entorno, supuestamente estaba en el Digimundo, pero ni un alma se veía por ahí, sólo él y su compañero dragón. Anduvieron por unos minutos, apreciando los diferentes terrenos en el sendero; el tiempo parecía pasar el doble de rápido que, en la Tierra, a Takeshi le daba igual pues no sentía que llegaban a algún lugar.

—Amigo… ¿falta mucho? Es que estoy agotado, ni siquiera he dormido y no veo tu casa por ningún lado —quejándose.

—Tak, lo bueno se hace esperar. Faltan unos cuantos metros para llegar, así que mantén el paso pues te estás quedando.

— ¿Pero seguro que vamos en dirección correcta? ¡Es que no veo señales de vida por aquí, a excepción de nosotros! —Tak le preguntó una vez más a Nanokorimon. Aunque lucía calmo, al digimon se le colmó la paciencia.

No pasó mucho cuando el equipo avistó una gran muralla, a su alrededor se hallaba una inmensa fosa vacía, era un espacio inhóspito y muy profundo. Trataron de acercarse para cruzarla, pero no había puentes cercanos y no se veía el borde del cráter. A Tak se le aceleró el corazón cuando pisó muy a ras del límite, por fortuna, Nanokorimon lo sostuvo de un brazo y clavó su espada de madera en el suelo semirrocoso, evitándole un desenlace fatal.

— ¡Toda mi vida pasó frente a mis ojos, Nano! —Takeshi tembló un poco mientras se incorporaba—. Uff… Debería existir una advertencia de este agujero. Creo que tendremos que rodear el cráter para cruzarlo —comentó, Nanokorimon no quedó convencido.

—Imagínate lo inmenso que es, tardaríamos días en eso... Y el Sector 11 es extenso, ¿crees que tendríamos toda la vida como para hacer las cosas a la antigua? Bueno… más antigua que ahora, por supuesto —explicó Nanokorimon—. Debemos ingeniarnos la forma de llegar —mientras hablaba, observó a su alrededor, buscando una forma de ingresar. No muy lejos halló otro sendero que parecía conducir a unos montes nevados—. Vamos, Takeshi, no hay tiempo que perder.

La ruta era perfecta, ambos cruzaron rápidamente los nevados que lindaban el sector. Estos no parecían inhóspitos, de vez en cuando uno que otro digimon en etapa bebé se les aparecía. Sin darse cuenta, Takeshi pisó la oreja de una criatura rosa, de ojos grandes y rojizos y de aspecto tierno: un Koromon.

— ¡Ey, más cuidado, ¿quieren?! No tengo sino un par —exclamó el pequeño—. Un segundo, no conozco al digimon de cara extraña —mirando al humano.

— ¿Eh? es que soy un humano, mi nombre es Takeshi. Siento haberte lastimado, ¿puedo ayudarte?

—Tak, no tenemos mucho tiempo para llegar… después podremos hacer algo para reponerlo —advirtió Nanokorimon. El joven Koromon los miró con algo de enojo y se plantó frente a ellos.

—Ninguno pasará hasta que me dejen mi oreja como estaba, el pisotón no fue gratis, ¿saben? —comentó con tono más airado.

—Nano, este pequeñín tiene razón. Tengo que solucionar lo de su oreja, no importa si fue accidental. Deberías dar más ejemplo de lo que es un aprendiz de caballero, ¿eh? —completó Takeshi. Al oír esa frase, Koromon se puso nervioso. El chico se extrañó con la reacción y se le acercó—. ¿Qué te sucede, dije algo malo?

—D-d-dijiste… dijiste que el de azul… ¡¿El de azul es un aprendiz?! Lo s-siento, no lo sabía… ¡Pueden pisarme la otra oreja si les place, no me atreveré a reclama! ¡Lo prometo! —Con evidente miedo, Koromon se acercó y besó las patitas de Nanokorimon—. Discúlpeme, mi Lord, no quise faltarles al respeto. ¡Pasen por aquí, continúen! —entre rebotes, Koromon se alejó lo más rápido que pudo del sitio.

Takeshi no entendió nada y Nanokorimon quedó perplejo ante súbita reacción. Aun así, al humano le remordía el hecho de no haber atendido correctamente al digimon rosa; no obstante, los dos hicieron a un lado el sorpresivo encuentro y prosiguieron su camino hasta encontrar un gran portón. Un pitido del D-Mobi de Takeshi los sorprendió, sin dudarlo, el humano tomó el dispositivo y lo chequeó: se dio cuenta que su interfaz gráfica era completamente diferente a la que tenía cuando era un móvil normal. Se mostró un aviso en pantalla, Takeshi lo leyó en voz alta.

La misión de este nivel es completar la inducción de tres días junto a su compañero digimon, también deberá afrontar desafíos complementarios para superar la fase. Si pasa la misión, será ascendido —Tak terminó de leer, seguramente tendría que quedarse con Nanokorimon en ese lugar por un tiempo. Tres días no pasarían pronto, cosa que lo que lo preocupó—. Nano, es mucho tiempo para quedarme, ¿qué dirán mis padres al ver que no estoy en casa? Mamá se angustiaría demasiado, ni hablar de mi padre… no puedo dejarlos en ascuas.

—Tak, ya estamos aquí… tienes que continuar contra viento y marea. Si dejas tu entrenamiento, pues yo… Yo… —Nanokorimon iba a decirle lo que pasaría, pero un sonido de trompetas los agarró desprevenidos.

El portón cayó lentamente, Takeshi y Nanokorimon se alejaron antes de ser aplastados por él. Un frente de criaturas blancas custodiaba la entrada: era un grupo de Frigimon, todos portaban una banda con un escudo hexagonal, semejante al digitoken de Nanokorimon que tenía el mismo símbolo, esto hizo que Takeshi le preguntara a Nano sobre su significado. El digimon explicaba mientras entraban a la fortaleza.

—Verás, Tak… ese símbolo es el emblema de la legendaria Orden de los Guardianes del Glaciar. Por cierto, hace un rato vi que tu D-Mobi también lo lleva —concluyó Nanokorimon.

Takeshi no había reparado en observar por completo su D-Mobi, volvió a echarle una mirada y se fijó que tenía una lista de chequeo con la misión en proceso y más instrucciones para las tareas, de esta manera el chico entendió la mecánica de su misión y dejó de preocuparse.

Al haber ingresado Tak y Nanokorimon, el portón se cerró tras de ellos. Unos Frigimon quedaron de guardias en el exterior y los otros escoltaron a la pareja por un pasillo, sin estar seguro de a dónde iban. Takeshi se dio cuenta que no estaba en una fortaleza cualquiera sino dentro de un reino. En su andar, un castillo se les reveló y el joven no pudo hablar cuando lo vio, Nanokorimon le susurraba a Tak mientras seguían a los guardias.

—Este es el hogar de la orden, aquí nos entrenaremos juntos. Parece que los Frigimon nos conducirán hasta el Gran Recinto, allí nos reuniremos con el rey. No seas descortés, Su Realeza podría ejecutarnos antes de que avanzases en el entrenamiento —el digimon azul mantenía la voz baja y trataba de esconder su nerviosismo. De repente se detuvieron ante una puerta y los guardias cantaron en coro.

Aserrín, aserrán, por aquí pueden pasar. El Soberano los está esperando hace unos minutos —a su vez, un Frigimon abrió la puerta y les dio paso. Tak fue el último en entrar.

El salón estaba adornado con arquitectura digital compuesta de símbolos, varias estatuas, una larga alfombra verde que conducía hacia el trono del Soberano, y antorchas de fuego blanco que iluminaban desde la parte alta de cada muro. Algunas paredes tenían texturas rugosas y otras eran lisas, conformadas por paneles hexagonales como en una colmena. Frente a Takeshi y Nanokorimon estaba el trono del Soberano, el mismísimo los esperaba con sus brazos posados en las abrazaderas. Este era un rey fuera de lo común: llevaba una especie de armadura y portaba lo que parecía una capa rasgada y dividida en dos, en el torso tenía un gran cristal con la insignia de la orden —algo diferente a la que Takeshi observó antes—, y una corona con un cristal de hielo y un zafiro incrustado en la frente, además de una mirada fría y penetrante. Nanokorimon se acercó al Soberano y le hizo una reverencia, también le hizo una señal a Tak para que lo siguiera.

—Volviste, pequeño Nanokorimon; uno de mis más preciados vasallos. Sé que aún estás en entrenamiento, pero has sobresalido entre los demás aprendices, también veo que traes compañía —se dirigió al digimon, luego le habló firme a Takeshi—. ¡Preséntate!

—Ey, habla rápido y mira al Soberano directamente a sus ojos —viendo que Tak estaba inmutado, Nano le susurró para que reaccionara—. A él no le gusta que muestres nerviosismo, date prisa.

Takeshi levantó su mirada hacia el Soberano, le pasó un ligero escalofrío por el cuerpo. Tragó saliva y fue soltando palabras entrecortadas, lo que inquietaba al rey.

— ¿Acaso no sabes hablar, humano? —le cuestionó, a su vez vio al digimon azul—. ¡Es el colmo, Nanokorimon! No puedo creer que me decepciones así… ¿es una broma? Traes a un humano que apenas se expresa, espero que no te estés burlando de mí porque no me causa ninguna gracia —respondió airado, con su paciencia a punto de desplomarse. Aun así, se dirigió a Takeshi de nuevo—. Preséntate ahora o veré que tu cabeza ruede, humano… ¿comprendiste?

El joven estaba en problemas, la imponencia del rey digimon le impidió hablar. ¿Por qué se atemorizó tanto? Nanokorimon temía que el Soberano cumpliera su promesa, así que le dio un codazo a Takeshi para que se armara de valor y hablara. El chico reaccionó.

—Soy… Takeshi… Takeshi Korinosenshi, Su Majestad. Vengo de la Tierra, acompañando a… Nanokorimon —mirando de reojo a su digimon azul y luego al rey—. Estoy a sus órdenes.

El jovencito no era muy elocuente, por lo que le costaba expresarse con seguridad si lo presionaban. Sin embargo, de alguna forma le cumplió al Soberano, evitando su fatídico final. Nanokorimon exhaló un suspiro hondo, cuidando no molestar al rey, éste se levantó de su trono y se dirigió con paso firme hacia sus súbditos. Cada paso hacía cimbrar el suelo del recinto, Takeshi tragaba más saliva y trataba de mantener la calma. Nanokorimon podía percibir el miedo de su compañero y con su cola trató de apaciguarlo. El Soberano les habló con más ligereza al aproximárseles.

—Ambos, de pie —Nanokorimon y Takeshi se levantaron de inmediato y miraron al rey, él fijó su mirada en la del humano—. Mi nombre es Gigakoridramon, gobernante del Sector 11. A partir de hoy y durante tres días te instruirás con tu compañero Nanokorimon para ser uno de los futuros guardianes de la Orden. Aprenderás lo básico para pertenecer a los Guardianes del Glaciar y me servirás mientras estés aquí. Contarás con la ayuda de varios aprendices y sus aliados digimon, así como te enfrentarás a diferentes pruebas que te darán información de vital importancia —Gigakoridramon dio media vuelta y caminó lentamente de regreso al trono—. Sin embargo, si llegas a fallar alguna de las pruebas o renuncias sin motivo alguno… o si te atrevieras a traicionarme… me veré obligado a que su digicode sea sólo un recuerdo tras ejecutarlos —refiriéndose a ambos, Nanokorimon también se sobresaltó. El rey prosiguió al llegar a su trono—. Tampoco podrás atentar contra tus semejantes o sus aliados mientras estés bajo mi supervisión o dentro del reino. Guía tu poder por buen camino, ayúdate con las instrucciones que se te dan en cada fase del entrenamiento, seguramente ustedes me enorgullecerán entre los pocos que han completado su preparación y dieron la cara tanto por el Sector como por el resto del Digimundo.

El Soberano y sus súbditos permanecieron cerca de una hora en el Recinto, Gigakoridramon instruyó cuidadosamente a Takeshi para que llevara a cabo su preparación correctamente. Cuando la reunión terminó, el rey les dio la orden de dirigirse al campo de entrenamiento. Ambos dejaron a Gigakoridramon en el recinto y regresaron por donde llegaron, siendo escoltados esta vez por un solo Frigimon. Takeshi entendió prontamente lo que debía hacer junto a Nanokorimon, posiblemente tendría que seguir las costumbres de la gente de la edad media estando allí.

Habiendo llegado a una gran zona con parches de nieve, los aprendices fueron organizados en filas. Algunos Frigimon estaban pendientes del campo, delimitado por troncos de árboles marchitos y banderillas con el emblema de la Orden. En las filas había muchas criaturas de nivel novato, allí se destacaron un humano y su compañero digimon, estaban de pie en las gradas, mirando seriamente a Takeshi y a Nanokorimon.

El digimon del segundo joven se paraba de puntillas, intentando ver algo del campo, los otros novatos no lo dejaban.

— ¿Qué pasa en el campo? ¡Sigo sin ver bien! —exclamó desesperado. Se trataba de un pequeño reptil de 95 centímetros, su piel era verde y escamosa, con marcas amarillas en su rostro, pies, pecho, y en forma de “H” en el dorso de sus manos. En su cabeza sobresalía un cuernito amarillo con forma de estrella irregular y dos largas orejas que llegaban hasta sus pies.

—Es sólo la “competencia”, Velkemon —le dijo su compañero, con un tono de voz calmado: él vestía ropa abrigadora, una chaqueta marrón abierta de manga larga, con una camiseta blanca por dentro y pantalones azules. Dirigió la mirada hacia su digimon—. ¿Quieres que te cargue? —preguntó con una sonrisa.

— ¡Sí, Mikaru, es que quiero ver su digimon! —Velkemon estaba emocionado.

Uno de los Frigimon que hacía guardia en el campo le hizo una seña al chico de las gradas. Mikaru entendió de inmediato que estaban interesados en su cooperación y bajó pronto con su compañero. Antes de ser presentados a sus contrincantes, Frigimon les dio órdenes específicas para su enfrentamiento; ambos humanos se miraron a los ojos, Takeshi saludó gentil y en silencio mientras que su adversario no le correspondió.

—Oye, estamos en un campo de entrenamiento al estilo medieval, mejor guarda la compostura y ve al grano, no estoy para tus gentilezas —dijo el joven antes de presentarse—. Soy Mikaru Aoki, prepárate para un combate inolvidable con mi amigo Velkemon —al decir eso, el digimon verde y amarillo que lo acompañaba dio un paso al frente, con aire de confianza.

—Está bien, sólo quise ser cortés… —mencionó Takeshi, al tiempo que Nanokorimon observaba detenidamente a su rival.

—La cortesía y la competencia no caben en este lugar, novato —recalcó el rival, tomando a su compañero de una mano y yendo a su posición. En esas, Frigimon le dio a cada uno una espada de madera, como la que usaba Nanokorimon, a su vez se volvió el árbitro del encuentro.

Tanto humanos como criaturas prepararon sus armas para luchar con todas sus energías. Takeshi mantenía su mirada en Mikaru, evitando a toda costa su ya conocido nerviosismo en situaciones bajo presión, Nanokorimon observaba las largas orejas de Velkemon con tentación de risa, ganando una mirada despectiva en respuesta.

Frigimon dio la largada, todo con el fin de inspeccionar qué tan hábiles eran ambos equipos. Se enfrentaron de inmediato en un choque sin precedentes como si hubieran sido instruidos en tiempos remotos. Con cada golpe de las espadas, los espectadores exhalaban hilos de voz y asombros, combinados en un coro desentonado y sin compás que corría como el viento por las bocas de los presentes. Muchas preguntas surgían con el pasar del tiempo, haciéndose eterno para los contendores. En este tipo de batallas ninguno podía usar ataques especiales, sólo sus habilidades de lucha y las espadas, por supuesto.

Después de dos minutos sonó una campana que llevaba el árbitro, indicando el fin del combate; para Frigimon quedó clara la capacidad que demostraron los combatientes: estaban muy parejos. Cada equipo tomó caminos opuestos para descansar, sin dejar de hacerse contacto visual.

El astro diurno remontó el cenit del cielo digital, indicando el mediodía. Tak y Nano continuaron con un corto entrenamiento que el digimon propuso, por otro lado, sus nuevos rivales fueron a caminar por los alrededores del Reino. Creyendo que se trataba de una infracción a la permanencia en el Sector 11, Tak los siguió a donde fuesen. En su trayecto, ningún guardia los detuvo ni ordenó su regreso al campo, lo que les sugirió un receso oficial. Alcanzándolos fuera de las instalaciones, Takeshi se le acercó a Mikaru.

—Oye, ¿sueles ser rudo o es mi impresión? Veo que empezamos con el pie izquierdo… hola de nuevo, disculpa si te molesté —dirigiéndose con iniciativa a Mikaru, de nuevo. Sin embargo, obtuvo una respuesta negativa.

—Ni siquiera lo pienses, tengo mejores cosas que hacer que prestarles atención a tus buenas costumbres. Mejor déjame en paz, no quiero un encuentro extraoficial —Mikaru dejó a Takeshi y Nanokorimon, cosa que molestó a este último.

— ¡Ten más modales, humano! Aunque seamos aprendices de caballeros no significa que estemos hechos sólo para batallar, podemos llevarnos bien si tú lo permites. Ten la decencia de responder bien, por favor, al menos por una vez en tu vida —le dijo a Mikaru con seguridad, seguido de una respuesta favorable de Velkemon.

—Este… Nanokorimon tiene razón, deberías ser menos duro con ellos, sólo querían saludarnos. ¿No te parece mejor así, Mikaru? —le sugirió. Habiendo llegado a los parajes níveos del Sector, Mikaru reflexionó por un instante y exhaló un corto y serio “hola” a Takeshi; después, tomó la mano de su compañero y continuaron caminando por su cuenta—. ¡Ey, no tienes que llevarme de la mano, Mikaru! —esto último resonó en la distancia.

Nanokorimon se quedó observando a Takeshi, mientras éste apretaba sus puños con desazón. No le gustó ser recibido de tal manera, mucho menos por uno de sus semejantes. ¿Pero qué podía esperarse? En todo lugar existiría una parte entusiasta y otra que no, incluso pudo ser peor. Con el consuelo de su digimon, continuaron su camino por otra ruta, cercana de las montañas por las que llegaron. Tak aún mascullaba por lo mal que Mikaru le respondió.

Una indicación del D-Mobi de Takeshi los detuvo por un momento. Mientras que el chico revisaba la información, Nanokorimon observaba a su alrededor para evitar perderse al regresar. Tak leyó en voz alta el aviso: diríjase a 150 metros de su ubicación actual, siguiendo la flecha en pantalla. El aparato desplegó una brújula y un mapa compacto que mostraban su ubicación; así pues, se encaminaron hacia dicho lugar. Esa era una de tantas instrucciones que el joven había recibido, no sabía para qué tenía que ir a tal sitio, pero recordó claramente el mensaje de bienvenida de camino al Digimundo.

Al llegar, se encontraron con una entrada a un túnel entre los nevados que rodeaban parte del Reino, próximos al siguiente sector del Digimundo. Desde allí se avistaba perfectamente el movimiento de los aprendices y guardias. Nanokorimon recordó que quedaba poco tiempo para regresar al entrenamiento y le avisó a su amigo para que no tardasen, Tak le contestó con frescura, prometiéndole que no demoraría, pues seguía instrucciones; podría tratarse de una de esas misiones especiales, tal como en un juego. Una vez más, el D-Mobi indicó otra orden: sugirió a Takeshi que atravesara el túnel al que llegaron, no lo pensó dos veces y se adentró en él. Algo no pintaba bien para Nanokorimon, quien se previno con ayuda de su espada y protegiendo a su camarada. Caminaron con cuidado por el tapizado níveo del túnel, tornándose rocoso más adelante. Un trompeteo los sorprendió a mitad del camino, ¡eran los guardias que avisaban del fin del descanso! Ya era hora de volver, pero estaban en apuros, por lo que Tak aceleró el paso hasta correr.

— ¡Tak, espera! ¡No te apresures, volvamos a la entrada! —Nanokorimon le gritaba, evitando resbalar al afanar el paso.

—Lo siento, tengo que saber qué más sigue. Date prisa si quieres que salgamos a tiempo de aquí —Takeshi respondió con algo de agitación.

— ¡Pues entiende que las trompetas son una instrucción que no puede ser ignorada! ¡¿Quieres que nos castiguen por llegar tarde, amigo?! —Nano trataba de convencer a su aliado para volver de inmediato, ante la negativa de Tak, no tuvo otra opción que seguirlo.

Un sacudón de la montaña detuvo al humano, justo al final del túnel. Nanokorimon no se detuvo a tiempo y empujó accidentalmente a Takeshi, quien perdió el equilibrio y cayó. Para él se hicieron enormes sus problemas pues caía en picada a un abismo sin fondo visible. Nano no pudo evitar la caída de su compañero y se armó de valor, sopló frente a sí para crear un tobogán de hielo con su aliento de hielo, pero su desgaste físico por el entrenamiento impidió que funcionara su plan, cayendo en picada. Apenas era el primer día de Takeshi en el Digimundo y le costaba creer que acabaría de forma tan abrupta, sin posibilidades de escapar de fatal destino. Un último mensaje apareció en el D-Mobi, en un intento desesperado por leerlo, Takeshi no se fijó y presionó el disparador del dispositivo, liberando una enorme carga de digicode al fondo del abismo. Un objeto extraño, de brazos cruzados, emergió de la oscuridad y se integró al D-Mobi del aprendiz; él no se fijó mucho pues trató de ir por su digimon en cuanto se acercaban a su final.

—Nano, no quiero morir solo… —Takeshi abrazó a su amigo, estando en la misma altura—. Si he de acabar así, que sea contigo —dijo entre lágrimas.

—S-siento haberte… metido en este predicamento… no fue mi intención, quería que volvieras al Reino, conmigo… — le respondió Nanokorimon entre ligera inconciencia y remordimiento.

—Es mi culpa, no te obedecí de inmediato. Ignoré una de esas famosas instrucciones, la tuya… creo que merezco esto —Takeshi lagrimeó más y se aferró a su amigo, suplicándole perdón.

En ese momento, el digicode entrante se mostró en pantalla como el emblema de la Orden, liberando la conciencia del objeto. Un halo de luz cubrió a Nanokorimon y lo regresó al dispositivo poco después.

Desde la entrada de regreso al reino, Velkemon detectó unas débiles y preocupantes señales sonoras con sus orejas. Le sugirió a Mikaru que siguieran de inmediato los sonidos, sin saberlo, se dirigían hacia el respaldo de las montañas en las que estaban Takeshi y Nano. Un resplandor a lo lejos les aseguró que iban en dirección correcta.

Por otro lado, el D-Mobi de Takeshi reaccionó diferente: su mano derecha se cubrió del espectro digital, era una carga más definida. La pantalla del dispositivo se iluminó y decía “digievolución”. Estaba a punto de estrellarse contra el fondo del abismo pues la luz a su alrededor desapareció rápidamente. Pasó su mano cargada, instintivamente, por el dispositivo, esperando salvarse; el D-Mobi cubrió por completo a Takeshi con digicode, transformándolo en un nuevo ser. Éste desplegó dos pares de alas a segundos del impacto, escapando de la muerte al virar en una curva cerrada. La criatura llevaba una fina armadura de Neometal, un metal único, y tenía un yelmo que cubría parte de su cabeza, revelando su mirada fría y valerosa. Mientras él ascendía, Mikaru y Velkemon se aproximaban a los túneles. Cuando avistaron al sujeto volador, con la luz del astro diurno refulgiendo en su armadura, se sorprendieron por un momento.

—Cielos, Mikaru… ¿sabes quién es él? Es nada menos que uno de los vasallos de la Orden, el leal AuroDramon. Alguien más logró el nivel campeón de digievolución —le explicó Velkemon. Mikaru observaba con fascinación y algo de impotencia al digimon extraño.

—Es una etapa que toma tiempo dominar, pero no he visto aprendices que demostraran tal poder. ¿Quién será el afortunado? —preguntó con suspicacia.

AuroDramon se mantuvo volando por un tiempo sin darse cuenta de lo que sucedía.

—“Estuvo cerca… casi muero en ese sitio. ¿Dónde estará Nanokorimon? Me siento extraño… como si fuera y no fuera yo —al reaccionar al vuelo, exclamó—. ¡Estoy en el aire, es imposible! ¿Cómo lo hice? —Luego miró sus manos, no podía creer que habían cambiado, estaban cubiertas con guantes resistentes y tenían remates de metal, con un adorno en la muñeca y una gema incrustada de zafiro—. ¡Parece un sueño, debo ser como un digimon!

¡Revive el capítulo II! Contenido ¡El capítulo IV te espera!

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