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Aprendiz de caballero

Vivir en nuevos mundos ha sido la ilusión de grandes y chicos durante mucho tiempo, soñar con lugares de fantasía o universos paralelos ha despertado la curiosidad de los humanos, tanto así que algunos dedican su vida a encontrar la forma de adentrarse en ellos. Sin embargo, existe uno al que los protagonistas de esta historia no pensaron siquiera que irían: algo lejano de la realidad actual pero encarnado en la imaginación de unos cuantos, el Digimundo.

En algún lugar del planeta azul, un niño de tan sólo seis años de edad se la pasaba feliz en casa con su abuelito. Él le contaba historias de donde iba. No había un instante en el que ese niño se durmiera por escuchar la particular voz narradora de su abuelo. Con una credibilidad inigualable, el veterano conquistaba cada fibra del ser de su nieto y de quienes escuchaban sus historias. Un día, Takumi Korinosenshi le contaba a Takeshi —llamado de cariño “Tak”— algo imposible de entender a tan temprana edad pero que, sin duda, lo emocionaría mucho:

—Tak, ¿Qué dirías si te cuento que no estamos solos en este mundo? No me tomes a mal, no me refiero a ser observados por alienígenas. O tal vez lo sean, pero no se parecen a los que nos describen —dijo Takumi, tosiendo un poco en señal de pena.

— ¿A qué te refieres, abuelito? ¿Existen alienígenas que nos disparan sus rayos o que nos secuestran para cosas raras como lo que muestran en la tele? No me imagino algo así… Cuéntame más.

—Verás… Creo que sabes lo que es un universo paralelo, o mejor, una dimensión alternativa. Esa dimensión está habitada por criaturas impresionantes, tienen una esencia interesante, son únicas, sienten, actúan prácticamente como nosotros… Pero no son como nosotros —mientras hablaba, tomó una libreta algo desgastada y la abrió. Se puso sus lentes y prosiguió—. Están hechos de datos, evolucionan para ser más fuertes, luchan contra otros por diferentes razones… Son monstruos, pero no lo parecen hasta que los conoces bien.

Takeshi no entendía muy bien lo que su abuelo le contaba. Estaba anonadado y pensaba: si no son como nosotros, ¿por qué actúan como nosotros? ¿Cómo pueden estar hechos de datos? ¿Eso es posible? En fin, Tak estaba curioso al respecto, sabía que al final podría preguntar... O tal vez antes.

—Pero abuelito, ¿cómo es posible que exista algo así? ¿Cómo se llaman esas cosas? ¿Acaso es una broma?

—Bueno… —murmuraba Takumi, hojeando su libreta— ¡Ah, aquí está! Bien, tenía que escribir lo que más podía para recordar todo con detalle. Esas criaturas se llaman digimon y habitan en el Digimundo o Mundo Digital. Como te contaba, tienen algo en común con los seres humanos, pero poco se sabe de ellos. Las cosas cambian, todo cambia con el pasar del tiempo. Y si quieres saber si existen, pues sí —remató con un guiño y una ligera sonrisa, después se aquejó de su espalda al intentar cargar a Takeshi—. Ay, no estoy para estos trotes…

Takeshi estaba asombrado con lo que Takumi relataba, ¿quién se imaginaría algo así? Aunque no faltó la aclaración del veterano: la humanidad no estaba preparada para conocer de ese mundo, sólo unos pocos serían aptos. El pequeño Tak se entusiasmaba cada vez más, algo en él le decía que no había dudas en lo que escuchó. Así transcurrió el tiempo y la noche se hizo más profunda, Takumi ayudó a Takeshi a ir a su cama. Un besito en la frente y un cálido abrazo del veterano hicieron que Tak conciliara el sueño. El viejo abandonó la habitación y dejó una lamparilla encendida, cerrando la puerta con cuidado y yendo a dormir.

Amaneció lentamente en el hogar de la familia Korinosenshi, la luz se colaba por las rendijas de las puertas y las persianas que cubrían los ventanales. Sara Oshiro, madre de Takeshi, madrugó para preparar el desayuno y regar las flores del jardín. En esas, Tak también se levantó y se restregó los ojos, bostezó y se puso sus pantuflas. De inmediato fue al cuarto de su abuelo para darle los buenos días. Con la inocencia y vitalidad que lo caracterizaban, no dejaba de pensar y buscar en cada rincón de la casa a ver si encontraba un digimon. Al llegar a donde su abuelo, abrió la puerta lentamente y buscó también allí, no había rastros de criaturas extrañas ni nada parecido; sin embargo, vio que uno de los brazos de su abuelo colgaba de la cama y se lo acomodó con dificultad, sentía que estaba más frío que de costumbre…

—Vaya, mi abuelo pesa mucho… Este brazo no es tan pesado. Y no despierta, qué raro. Bueno, llamaré a mi mamá. Ella lo despertará para desayunar —dijo Takeshi mientras salía del cuarto, pensaba en saludar luego a su abuelo, ignorando lo que pasaba en verdad.

Ese 17 de agosto de 1997, el pequeño Takeshi estaba entusiasmado porque cumpliría siete años. Sus padres estaban orgullosos de su crecimiento y su inteligencia, lo apoyaban en muchas cosas y sobresalía en su colegio. Cuando Tak llegó a la cocina y encontró a Sara preparando la mesa, ella lo abrazó y lo mimó gentilmente.

— ¡Querido, hoy te ves más grande! Te preparé un desayuno especial, espero que te guste —dijo Sara, dejando a Takeshi en el piso—. Oye, ¿tu abuelo sigue durmiendo? Es extraño que no despierte con el olor del chocolate por la mañana.

—Pues sí, fui a saludarlo y no estaba despierto. Dejó colgando su brazo por fuera de la cama y se lo acomodé, estaba frío… ¿Será que le afectó la brisa de la noche? —comentó Takeshi mientras subía a su silla. Sara se preocupó al oírlo.

—Eh, cariño… aguarda aquí, voy al cuarto de tu abuelo —entre titubeos, Sara no aguardó ni un segundo y subió al cuarto de Takumi, dejando al niño solo en el comedor.

Cuando Sara llegó al cuarto de Takumi, sus ánimos se desplomaron como un castillo de cartas; el veterano yacía en cama con los ojos cerrados, una mano en el pecho y evidentes apretones en las cobijas, ni un suspiro exhalaba el viejo. Inmediatamente, Sara tomó el teléfono de su cuarto y llamó a los médicos. En pocos minutos, una ambulancia arribó a la casa y el doctor que conocía a la familia se encargó de atender el caso. Mientras tanto, Takeshi, quien estaba confundido con la llegada de los galenos, subió a donde su madre y el médico, seguidos de los asistentes del doctor. Asomándose a la puerta, escuchó la conversación con cuidado.

—No hay nada que hacer, el señor Korinosenshi murió. Parece que sufrió un ataque cardíaco fulminante mientras dormía, calculo que ocurrió hace cuatro horas —comentó el doctor.

—Pobre Takumi… Mi suegro no debió irse de esa forma, estaba lúcido y aferrado a la vida… —sollozaba Sara—. Es doloroso que personas como él se vayan de un momento a otro. Mi esposo no resistirá esto —enjugaba sus lágrimas en un pañuelo.

Takeshi se conmocionó, era la peor noticia en su séptimo cumpleaños. Su querido abuelo paterno se había ido, dejándole sus interesantes relatos y el cálido abrazo de despedida antes de dormir. Salió corriendo del lugar, con pisadas fuertes y arrítmicas, llamando la atención de su dolida madre. Sara levantó su mirada hacia la entrada del cuarto, fue por su hijo, aún con lágrimas en los ojos, avistándolo cuando dio el último paso. Exclamando “¡Takeshi, sé fuerte!”, corrió para apaciguarlo. El pequeño cumpleañero se arrojó a su cama y lloró desconsolado. Aunque era un jovencito que conocía poco de la vida, entendía el final de una persona, tanto quiso a su abuelito que no podía aceptar su partida. ¡Su dolor era profundo, su llanto se oía incluso fuera de la casa! Golpeaba la almohada en la que lloraba consternado. El cielo se tornó amarillento poco después del infortunado deceso. Los asistentes médicos salieron de la Casa Korinosenshi con una camilla y el cuerpo del veterano, cubierto con una sábana blanca. Sara trató de calmar a Tak, incluso evitó que viera cómo se llevaban a su abuelo muerto para que no sufriera más.

Más tarde, el padre de Takeshi se enteró de la muerte de Takumi. Hayato Korinosenshi trabajaba como gerente en una compañía de insumos electrónicos. Cuando recibió la noticia, no pudo contener su tristeza y salió tan pronto como pudo de su oficina. Antes de irse, su asistente le pidió que se calmara para conducir hasta su casa, dándole también sus condolencias. Empero Hayato subió a su auto y trató de llegar en poco tiempo. Como el hospital principal estaba por el camino, se estacionó allí y divisó a su esposa y a su hijo, que estaban deprimidos. Como pudo, los alcanzó antes de entrar al hospital. Hayato tenía templanza y carácter casi inquebrantable, eso le permitió actuar sereno mientras estaba destrozado por dentro.

—Sara, hijo, deben calmarse. Mi padre era un gran ser humano y sé que lo quisieron tanto como yo. Algún día llegaría su hora, no me esperaba que fuera hoy… Debemos ser fuertes —Hayato abrazó a su esposa y a Takeshi, apaciguándolos a la vez.

Los trámites del deceso de Takumi se realizaron en poco tiempo. La familia Korinosenshi permaneció en duelo por tres días. En la compañía de Hayato, su equipo le brindó solidaridad y sinceras condolencias por el acontecimiento. Takeshi no fue al colegio por una semana, aún estaba dolido —y no era para menos—. En el jardín de la casa, Sara y su hijo hicieron un pequeño altar con las cenizas de Takumi que le dieron a Hayato días después.

Pasaron dos semanas desde la partida del viejo; aún con dolor en su interior, pero más dispuestos a superar el hecho, Sara y Takeshi decidieron ordenar por última vez su habitación. Mientras limpiaban el poco desorden que había, Tak halló la vieja libreta que su abuelo tenía en la noche antes de morir. No cabía duda, era la misma de cubierta desgastada y hojas amarillentas que le leyó esa vez. Le preguntó a su madre si podía quedarse con ella como recuerdo, Sara asintió y Takeshi la guardó con mucho cuidado como su más grande tesoro. Aunque no entendía muy bien la veloz y enredada caligrafía de Takumi, trató de leer lo que podía. Se preguntarán cómo fue capaz de hacerlo sin pedir ayuda, pues ya saben que él estaba dotado de inteligencia y gran capacidad de aprendizaje, por lo que podía leer textos cortos desde los cuatro años casi a la perfección.

Lo interesante comenzó a los nueve años de edad. El nuevo milenio llegó con lo mejor para la familia de Takeshi, Hayato logró posicionar su empresa entre las mejores del mercado y sus nuevos aparatos se vendían como pan caliente en la ciudad. Muchos tenían un móvil, una consola o una PC portátil de la compañía fabricante; el joven Tak no podía ser la excepción.

Pocos días antes de su décimo cumpleaños, Takeshi tomó varios cursos complementarios en su colegio. Recibía clases de dibujo, canto y danzas, amaba las artes. Tenía bien puestos los pies en la tierra, sabía con seguridad lo que quería ser cuando mayor. Se mudó con su familia para el centro de la ciudad y cerca de la torre principal de la compañía de su padre. Al llegar de sus clases de arte, se aventuró a ver unos cuantos vídeos en casa, así se inspiraría para dibujar alguna tarea del colegio más adelante. Sara lo veía muy animado, seguramente porque faltaban dos días para que cumpliera 10.

—Hijo, me encantaría que para tu cumpleaños hicieras la decoración a tu gusto. ¿Podrías invitar a tus amigos también? Les gustará ver tus trabajos y pasar un rato contigo —le explicó Sara, preparando una merienda. Takeshi la miró de reojo y luego balbuceó.

—Eh… ¿Amigos? P-p-pues no lo s-sé. Deben estar ocupados como para venir… es que los últimos trabajos que nos han dejado han sido largos… Más porque debemos hacerlos solos —Takeshi explicó, su voz se notaba dudosa.

—Cariño, el año pasado no tuviste un buen día y sólo estuvimos tu padre y yo para celebrar tus nueve años, deberías pasar este con tus amigos, ¿no crees? —Sara se le acercó por la izquierda y le pasó el brazo por la espalda, veía cómo Takeshi miraba fijamente el escritorio—. ¿Te pasa algo?

—Eh… No. Intentaré convencer a mis amigos para que vengan, pero no te aseguro nada —respondió sin mirar a Sara mientras escribía imaginariamente en el escritorio con un dedo.

—De acuerdo, haz todo lo posible. Te traeré un sánduche y jugo de mora, debes tener hambre, come eso mientras —Sara salió el cuarto de Takeshi, meditando sobre su actitud.

Aunque Tak era un niño muy preparado, tenía un problema: no les contaba a sus padres de sus amigos, parecía que nunca los llevase de visita, apenas iban algunos de sus compañeros para hacer tareas grupales, pero nada más. Últimamente Takeshi se la pasaba en familia, si salía de casa era sólo para estudiar, acompañar a sus padres o ir de paseo. ¿Cómo se mantenía tan vivo y educado sin ser sociable?

El tiempo pasó volando, quedaban pocas horas para ese nuevo cumpleaños el 17 de agosto del año 2000. Tak estaba durmiendo plácidamente en su cuarto y con los brazos descubiertos, tenía una sonrisa de oreja a oreja. De pronto, un extraño sonido llegó a sus oídos, despertándolo lentamente. Eran las 4:30 a.m., Tak se estiró aletargado y no tenía ganas de levantarse tan temprano pero no dejaba de escuchar ese débil sonido. Bostezó y se sentó en un costado de su cama. Con los ojos entrecerrados avistó un curioso destello en el cajón de su mesita de noche. Guiado por su adormilada orientación, estrechó su mano hacia la perilla del cajón y lo abrió. La luz y el sonido surgían del interior de la libreta de su abuelo, así que decidió ponerse sus lentes y abrir sus ojos somnolientos para hojearla.

—Qué extraño, no me esperaba esto. ¿Cómo se apaga esta luz? —Takeshi buscó un mecanismo para apagarla… Creía que la libreta tenía bombillas, pero no las halló—. Oh, qué libreta tan rara… Algo entendí de esta cosa y ahora brilla con luz propia… —bostezó—. ¿No estaré soñando?

Tak miró detenidamente cada página de la libreta para encontrar el origen del brillo, llegando a la cubierta del reverso. Adentro se hallaba un objeto guardado meticulosamente en un bolsillo secreto. Takumi jamás le mostró cómo era el librillo, sólo leyó lo escrito, entonces lo tomó cuidadosamente y lo observó con los ojos entrecerrados para no encandelillarse. Estaba envuelto en un trozo de papel, lo destapó con cuidado y tomó la tira con la otra mano. Se quedó observando el extraño objeto por un rato: era hexagonal, plano y delgado, como si se tratara de una ficha. En el reverso tenía un circuito estampado y en el anverso se notaba un símbolo cuneiforme, en tinta azul naval, brillando por sí solo. El destello desapareció después de unos minutos. La tirita de papel llevaba algo escrito, su caligrafía parecía de una antigua orden medieval; era curioso porque su abuelo no sabía escribir así:

“El momento ha llegado, necesitas saber con totalidad lo que te espera y fuiste seleccionado para un nuevo porvenir”.

Takeshi estaba perplejo, ¿aún seguía soñando? Se quedó mirando la ficha y la nota a la vez. De pronto pensó en releer en los escritos de la libreta de Takumi, encendiendo una lamparilla que tenía a la mano. Tomó la libreta con firmeza y la estudió cuidadosamente. Había un separador, así que inició desde el aparte. Sólo veía bitácoras… ¡en realidad estaba leyendo su diario! Tak no supo de la existencia del escrito en las manos de su abuelo y lo leyó en persona sin proponérselo, las historias que le relató no fueron sacadas de la nada. Cuando llegó a la descripción de los digimon, musitó un wow, volviendo a esa noche en la que supo de dichas criaturas. Siguió leyendo y cada vez tenía más preguntas en su mente.

—Cielos, es la primera vez que veo algo así. Y esa nota no creo que haya sido escrita hace poco —la olfateó—, huele a viejo, está amarillenta y deteriorada… Se ve que la escribieron con tinta de verdad, no está impresa ni fresca. ¿Qué traías entre manos, abuelito? Ojalá pudieras darme respuestas algún día —dijo al envolver la ficha con la nota y la guardó en la libreta, dejándola en el cajón de su mesita de noche, luego trató de dormir otra vez. Las preguntas aún lo inundaban.

Amaneció de nuevo en la Casa Korinosenshi, eran las 7:30 a.m. y las cortinas de la habitación de Takeshi estaban abiertas de par en par, Sara había entrado para despertarlo en primer lugar y darle su saludo de cumpleaños. Tak se levantó de golpe ante esto y saludó a su madre, abrazándola por un largo tiempo, ella le correspondió con un cariñoso beso en la mejilla.

—Vamos, Tak. Cámbiate para tomar tu desayuno, hoy es un día muy especial. Ah, y tu padre quiere darte algo antes de ir a trabajar, alcánzale —Sara le insistió con mucho ánimo.

— ¿Qué será? Seguro que será genial, hoy es mi día favorito y… y… —dijo Takeshi mientras recordaba la muerte de su abuelo. Pasó un trago de saliva, pero no se inmutó, mantuvo el entusiasmo con el que Sara lo despertó. Al parecer, ella también llegó a recordarlo.

—Sé que tu abuelo está brindándote afecto dondequiera que esté. Le hubiera encantado despertar y recibirte con felicidad por cumplir un año más. Ahora organízate pronto, tu padre se irá en unos 20 minutos y no querrás esperar hasta la noche para saber lo que te dará, ¿o sí? —antes de irse, Sara guiñó un ojo. Contuvo sus lágrimas hasta dejar el cuarto de Takeshi, no quería que la viese llorar por la partida de Takumi.

Takeshi tomó una ducha después de unos minutos. Inmediatamente se secó y se vistió tan pronto como pudo. Se puso una camisilla, unos bermudas y un polo de rayas naranja y marrón; también se calzó unas zapatillas de color azul naval. En cuanto terminó de vestirse, peinarse y ponerse sus lentes, fue a ver a su padre, quien estaba en su habitación poniéndose su sobretodo y alistando un maletín. Al ver a Takeshi, Hayato esbozó una sonrisa y sacó un paquete que guardaba en su armario justo antes de que su hijo llegara a saludarlo.

—Hola, Takeshi, tengo algo que sé que te gustará. Este es uno de los móviles que mi compañía está distribuyendo en las tiendas, tiene muchas aplicaciones y cosas que te gustarán porque está hecho para artistas —Hayato abrió el paquete y sacó una cajita con un moño, entregándoselo a Takeshi—. ¿Crees poder manejarlo?

Cuando Takeshi abrió el presente, encontró un teléfono muy bonito: era de carcasa azul metalizado y tan delgado como una tableta, tenía una cámara al respaldo y una frontal, una gran pantalla lo adornaba y la cubierta trasera estaba grabada con su nombre. No contuvo más la emoción y se arrojó a abrazar a Hayato por un rato, extasiado por recibir tal obsequio.

— ¡Gracias, papá! Qué gran regalo, lo cuidaré mucho, ya verás que sí —se quedó así por unos minutos, pero Tak lo soltó porque no quería arrugarle el sobretodo a Hayato—. Lo siento, estoy muy alegre por esto…

—Disfrútalo, ten cuidado con usarlo fuera de la casa sin que te cuide tu mamá y no dejes que se caiga mucho. Ah, soporta el agua, pero no abuses. Ahora debo irme, nos vemos en la noche para tu fiesta, ¿de acuerdo? —Hayato salió de la habitación, despeinando gentilmente a Takeshi y dándole un abrazo más. Cuando Takeshi escuchó la parte de la fiesta, se preocupó.

Después de haber desayunado y guardado su nuevo móvil en la mochila, Takeshi se dispuso para ir al colegio. Sara le ayudó con algunas cosas y lo acicaló un poco antes de salir, pero él no se veía muy alegre en ese momento.

— ¿Todo bien, hijo? Es tu cumpleaños, de un momento a otro te desanimaste… —Sara le preguntó con delicadeza, estando a su altura.

—Oh, sí… Lo siento, estoy bien. Es sólo que… —Takeshi miraba el jardín a través de las ventanas traseras, avistaba el altar de Takumi—. Ay, si mi abuelo estuviera aquí… quería tomarle una foto con mi móvil. ¡Espera, olvidé algo! —entonces Tak regresó a su cuarto en un santiamén; olvidó guardar la libreta de su abuelo al ver el altar. Bajó rápidamente y evitó tocar el tema de la libreta, además, no estaba preocupado exactamente por la ausencia de su abuelo sino por otra cosa—. Lo siento, creo que no cerré bien la puerta de mi cuarto. Ya estoy listo, ¿nos vamos?

Después de haber llegado al colegio, Takeshi se despidió de Sara. Él estaba en quinto grado en ese entonces, sus compañeros lo recibieron con felicitaciones y algunos detalles más. Entre ellos estaba una chica, casi de su estatura y con cabello claro; sus ojos eran verdes y era muy dulce: su nombre era Emi. Cuando Takeshi la vio, se quedó así por un momento. Ella le sonrió con un poco de timidez y se le acercó.

—Hola, Takeshi… Espero que pases un lindo día y… y… Esto es para ti —Emi sacó una bolsita de su morral, tenía una cinta violeta que la cerraba. Se la entregó en sus manos.

—Vaya, no me esperaba un detalle tuyo, qué gentil. A ver qué es... —frente a Emi y sus demás compañeros de clase, Takeshi abrió el obsequio. Era un medallón de cristal azul con forma de saeta, lo vio por un momento y se lo colgó—. Es un lindo medallón, muchas gracias —y con toda confianza se acercó a Emi, abrazándola un rato.

El curso entero presenciaba la amistosa escena. Algunos —como era de esperarse— molestaron a Takeshi y Emi sólo por darse una muestra de afecto. Pero lo bueno fue más que lo malo: aprovechando que estaban en grupo, Takeshi decidió usar su nuevo móvil para tomar fotos de sus compañeros y de los regalos que recibió. Algunos de los bravucones que estaban al fondo lo miraron con interés.

Tras ver los primeros bloques de clase, el quinto grado salió a tomar el descanso de media mañana. Takeshi llevaba orgullosamente su medallón. Cuando vio a Emi a lo lejos, se acercó para saludarla.

—Hola de nuevo, Emi… gracias por el medallón, es muy bonito. Me gusta mucho el color azul, ¿cómo adivinaste?

—Bueno, es que vi que utilizas muchas cosas de ese color y por eso decidí darte algo que hiciera juego —sonrió Emi, mirando a Takeshi de reojo—. Me gustó tu móvil también, ¿te lo regaló tu papá?

—Sí, es el primer regalo del día. Lo estoy manejando poco a poco, me servirá para muchas fotografías y mis trabajos de las clases. Ah, y tengo algo más que sólo pueden ver algunos, un recuerdo de mi abuelito Takumi —con cuidado, Tak tomó la libreta de la mochila y se la mostró a Emi—. Esta libreta es lo que me queda de él, hace tres años que murió. Me contaba historias de cada lugar que visitaba, esta libreta es especial porque de ahí me contó su último relato y la puedo leer cuando quiera —siguió hablando sin darse cuenta que estaba vigilado.

Los dos matones que observaban a Takeshi desde la primera clase lo seguían de lejos. Ambos eran dos años mayores que él, se entendían a la perfección porque estaban “cortados por la misma tijera”: uno era gordito, de estatura mediana y tenía pecas en la cara. El otro era más delgado, aun así, tenía una fuerza mayor por jugar fútbol y una mala reputación pues su pasatiempo era fastidiar a los demás. El molesto Joe —este último— aprovechó la oportunidad para arrebatarle la libreta a Takeshi. Se fue corriendo hacia los desprevenidos amigos y le quitó el preciado objeto a Tak.

— ¿Es tuya? Qué bien que me la prestaste, tenía ganas de divertirme y sé que con esto lo haré por buen tiempo —Joe se burló de Takeshi, alzando la libreta con una mano mientras que Tak intentaba recuperarla a punta de saltitos.

— ¡Dámela, no tienes derecho a jugar con el único recuerdo de mi abuelo! —El pobre Takeshi era algo bajo para alcanzar la libreta. Emi trató de ayudarlo a alcanzarla, pero el amigote de Joe también la fastidió.

— ¡La novia de Takeshi quiere ayudarle, pero no puede! Ahora qué, ¿vas a llorar? ¡Ja, ja, ja! —Dijo el bravucón en tono burlón.

Las cosas no pintaban bien para Takeshi y Emi. Joe y Zack —su tonto amigote— no estaban dispuestos a marcharse sin haberles dado una buena dosis de su molesto oficio. En medio del forcejeo, a Takeshi se le cayó su teléfono. Zack lo vio y lo agarró de inmediato, la pobre de Emi no consiguió conseguirlo antes.

— ¡Mi teléfono! ¡¿También tú, Zack?! Rayos… —Tak no sabía qué hacer, estaba doblemente fastidiado. Intentó recuperar ambas cosas y Emi le ayudaba sin lograrlo.

El descanso iba a agotarse, nadie parecía inmiscuirse en el lío. Eran dos contra dos, con todo en contra de Tak y su amiga. Sin embargo, de la libreta que Joe tenía en el aire, el extraño sonido volvió a escucharse más fuerte. A Tak y a Emi les zumbaban los oídos, por otro lado, a los matones les sonó muy diferente.

—“Si saben lo que es bueno, dejarán a los justos en paz y se irán por donde vinieron. ¡Esto es en nombre de mi nuevo dueño! ¡¿Entendieron, par de viles?!“—la voz sólo era audible para Zack y Joe, pasmándose al escucharla.

Tal fue el susto que Zack mojó sus pantalones. Con un grito desgarrador se fue corriendo del lugar, dejando caer el teléfono en las manos de Emi. Joe lo vio con sorpresa y luego dirigió su mirada a Takeshi.

— ¿Qué fue eso…? ¡Esa cosa nos habló! ¡Ustedes son raros, pero sabrán de nosotros después! ¡Ya me voy, no quiero que me contagien! —Joe soltó la libreta y Takeshi la atajó, viendo cómo huía el cobarde.

— ¿Hablar? ¿Pero qué les pasa? Parecen locos —Emi se extrañó.

—La libreta está en perfectas condiciones, qué bueno que Joe no se la llevó, ni tampoco mi móvil… Gracias por salvarlo, Emi —le dijo a su amiga, viendo que ella tenía el teléfono en sus manos.

Takeshi se preguntó más cosas mientras guardaba la libreta, no sin antes haberle dado un vistazo. Volvió a emitir esa luz que vio en la madrugada y escuchó ese mismo zumbido, pero no imaginó que los matones oirían una voz. Cambió de tema, tomando el teléfono en sus manos y mirando de frente a Emi.

—Oye… Esta noche habrá una fiesta en mi casa… Bueno, no es gran cosa, pero sí… me gustaría que… que… —Balbuceó Tak mientras Emi se reía.

—Quieres que vaya, ¿cierto? —contestó con una sonrisa que sonrojó a Takeshi—. De acuerdo, mamá me dará permiso. Le pediré que me lleve.

La campana sonó, era hora de volver a clases. Emi tomó a Takeshi de la mano y lo llevó al siguiente bloque mientras que él murmuraba “eres la primera verdadera amiga que tengo en mi vida”.

Horas más tarde, ambos salieron del colegio en compañía de sus padres. Sara vio por primera vez a su hijo con una amiga. Decía para sus adentros que era un momento lejos de ocurrir. Emi y su madre conocieron más a fondo a Takeshi y a Sara, creando más lazos de amistad que pronto convertirían a las dos señoras en grandes compañeras. El mediodía pasó y cada familia se dirigió a su hogar. Tak le mostró el medallón a Sara, le contó de todo lo que había recibido y lo bien que la pasó. Era de esperarse que omitiera la parte de Zack y Joe… en fin, se sentía bien en ese nuevo día.

En casa, Takeshi subió a su habitación para pasar un tiempo de calidad antes de la fiesta. Dejó a su madre en la sala para ver lo que había grabado en el móvil, cerró la puerta con llave y tomó su teléfono, lo conectó al computador para descargar las fotos y vídeos que guardó. En esas se le ocurrió una idea descabellada: se atrevió a desconectar el móvil después de bajar información y le quitó la tapa trasera, retiró la batería y se encontró con algo particular, los módulos SIM que llevaban esos teléfonos eran hexagonales, tal como la ficha que guardaba la libreta de Takumi. Quiso hacer un experimento: comparó su tamaño con el módulo SIM, parecían iguales, uno ligeramente más chico que el otro y casi igual de delgados. Insertó la ficha extraña en el móvil en vez del módulo SIM. Puso la batería y la tapa, encendió el móvil… y como lo sospechaba, nada raro sucedió.

—Qué cómico, sólo a mí se me ocurren estas cosas… Pero si esa ficha tiene unos circuitos parecidos a los del módulo SIM… En fin, no perdí nada con probarlo, dejaré todo como estaba.

Cuando Tak se dispuso a cambiar la pieza por el módulo, el teléfono se encendió. El emblema de la ficha se mostró en la pantalla, apareció una barra de carga en la base y símbolos extraños parpadeaban en toda el área. El móvil sonaba como si una descarga de datos se hubiera iniciado, Takeshi intentó apagar el equipo, pero no funcionó. Trató de destapar el móvil, pero no hubo poder humano que quitara la tapa trasera… estaba preocupado, creyó que había dañado su primer regalo de cumpleaños. A pesar de todo, el aparato reconoció el objeto como un módulo SIM y volvió a encenderse normalmente. Takeshi sintió alivio al ver que el teléfono respondía como debía ser, lo probó rápidamente y todo parecía bien.

—Uy, por poco… Creí que mi teléfono estaría muerto. ¿Para qué cargaba mi abuelo esa cosa en su diario? Es extraño —aunque quiso colocar el módulo original en el móvil, no logró quitar la tapa—. Rayos, parece que se quedó pegada.

Un golpeteo salió del móvil y Takeshi lo sintió en su mano, no era un efecto de sonido ni la vibración, ¡algo había golpeado el móvil desde el interior! Asustado, el chico arrojó su móvil a la cama, desplomándose en la silla del escritorio. Inmediatamente, sonaron voces del dispositivo.

—“Caray, estoy viendo estrellas… ¡Ey, amigo, sácame de aquí, por favor! Necesito algo de aire…” —Dijo la voz. Takeshi se privó—. “¿Hay alguien? Vamos, tengo que tomar un respiro… Creo que te llamas Takeshi, ¿no?

Takeshi agarró lentamente el teléfono, parecía embrujado y el chico no sabía qué decir. Se lo había regalado Hayato, no le haría tremenda broma antes del 28 de diciembre. Además, él mismo lo abrió y revisó. ¿Cómo era posible? Tak volteó el teléfono y vio un espectro de voz en la pantalla. Después apareció una mirada simpática en el centro. Poco después una gran sonrisa y una carita azul aparecieron. El golpeteo se sintió de nuevo en el teléfono, Takeshi lo vio esta vez, la imagen había golpeado la pantalla frente a sus ojos y sin problemas, entonces volvió a pedir ayuda.

—“¿Qué pasa, Takeshi? No me digas que tienes miedo…” —Dijo la vocecita. Takeshi siguió observando lo que hacía la imagen, ésta se completó y se volvió una extraña, pero tierna criatura—. “Eh, creo que no me presenté. Supongo que te dijeron que no hablaras con desconocidos… Mi nombre es Nanokorimon, soy un aprendiz de caballero de la legendaria orden de los Guardianes del Glaciar, y parece que también serás un aprendiz…

Era algo único, Takeshi no sabía qué decir, estaba ensimismado por lo que presenciaba, ni siquiera decía oh. El curioso Nanokorimon le preguntaba sin obtener respuesta alguna. ¿Acaso hablar con el teléfono era peor que usarlo para lo que es? Lo único que hizo Takeshi fue ondear su mano frente a la pantalla y exhalar un hola poco convincente al aparato.

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